El 13 de abril de 1970, hace ya cincuenta y cuatro años, el astronauta Jack Swigert, en la misión Apolo 13 a la Luna pronunció la conocida frase, “Houston, tenemos un problema”, palabras que han pasado a la historia para significar de manera informal el surgimiento de un problema imprevisto resuelto posteriormente. Fue ejemplo de eficiencia oportuna en el momento adecuado. Eso cuesta mucho esfuerzo, trabajo, dedicación, profesionalidad y capacidad de superación. Lo cual hoy en día es una conjetura supina. Muchos problemas que padecemos son creados artificialmente, adrede o simplemente por torpeza, perdiendo más el tiempo en discusiones o disquisiciones sobre el mismo, que atajándolo de cuajo para acabar arreglándolo lo más rápido posible.

El contratiempo fundamental que tenemos en Canarias no es una cuestión puntual o accidental, ya quisiéramos que fuera así, sino crónica o enfermiza. Se trata de contar, mejor dicho, de contemporizar con una Administración Pública que no ayuda a los ciudadanos o empresarios como mínimo debería ser su función esencial. No pedimos máximos, sino lo justito para que ejecute su trabajo en tiempo y forma, sobre todo, con un atendimiento personal y presencial por parte de los miembros de la Función Pública, que en su propio nombre tiene la significación de servicio a los demás y no aprovechamiento propio, que puede ser que ocurra alguna vez o muchas veces, vaya usted a saber o padecer. No hay manera, cualquier trámite, expediente o licencia, se retrasa sine die, hasta cuando buenamente salga adelante, incluso, después de esperar varios años. Es el fracaso de lo público, como servicio a la sociedad y por el contrario, la valorización de la iniciativa privada como generadora de riqueza social, mayor calidad de vida y bienestar general.

Puede ser reiterativo volver sobre el mismo tema, ya sé de sobra que lo es, pero también tenemos que aguantar todos los días, mes tras mes y años multiplicados, siendo cada vez peor, con mucha flema británica, aquella que no se inmuta ante los sucesos de la vida sean positivos o negativos, a esa burocracia insoportable, ejemplo avezado de un déficit de gestión pública, que pone a prueba tanto la calma como la perseverancia. Porque nunca hay que rendirse ante las adversidades, aunque sean en ocasiones bastantes molestas, ya que el valor se mide por la constancia que se pone en el convencimiento de que hay que arreglar lo desconchado. Si no te hacen caso, pues protestas más, hablas con frecuencia del asunto, provoca reacciones para espabilar al que no se mueve, no hace nada o procura que los demás tampoco avancen. Si se mantiene en la misma posición de salida, entonces hay que acudir al recurso de empujarlo, con educación, para adelante, que se mueva, que haga, que trabaje, que actúe, es decir, que ejecute las funciones que le son propias

Productividad, esa es la cuestión, definiéndola como la medición que refleja la relación existente entre los resultados de una actividad, el tiempo invertido en ella y los recursos que han sido utilizados para llevarla a cabo. Este indicador suele medirse en unidades de tiempo y expresa la correspondencia entre el trabajo y el producto final. Es lo que necesitamos cuantificar, medir y comprobar en lo oficial, estatal, gubernativo o administrativo de forma cotidiana y si no se hace hay que implementarla, porque cuando no existe, es una gangrena que causa infección a la entera sociedad y especialmente al sistema productivo económico, que no puede funcionar con la debida diligencia y eficiencia. No se arregla solamente contratando más personal, graso error, se corrige estableciendo registros para contrastar el cumplimiento de objetivos.

Oscar Izquierdo

Presidente de FEPECO